sábado, julio 09, 2011

Sí, Manifiesto


Foto canónica del Grupo Tráfico, de izquierda a derecha: Rafael Castillo Zapata, Alberto Márquez, Igor Barreto, Yolanda Pantin, Armando Rojas Guardia y Miguel Márquez
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SÍ, MANIFIESTO

Manifiesto del Grupo Tráfico, originalmente aparecido en la revista Zona Franca, III Epoca, No. 25, julio-agosto de 1981, pp. 7-9.

Sí, Manifiesto

Venimos de la noche y hacia la calle vamos. Queremos oponer a los estereotipos de la poesía nocturna, extraviada en su oficio chamánico de convocar a los fantasmas de la psique o de lanzar hasta la náusea el golpe de dados del lenguaje, una poesía de la higiene solar, dentro de la cual el poeta regrese al mundo de la historia, al universo diurno de la vida concretísima de los hombres, en cuyo orbe cotidiano ningún fantasma enfermo moviliza más fuerza que el horror o la belleza encontrables en una acera cualquiera, y ningún aristocrático golpe de dados del verbo podrá abolir jamás el sabor sanguíneo de todas las palabras de la tribu.
Sí, Manifiesto
Representa una postura que, por inaudita que parezca en esta Venezuela de 1981 -donde la individualidad y la disgregación son el imperio sustentador de ese otro imperio, el real: económico, político, cultural-, quiere asumir la responsabilidad de ser la expresión del movimiento Tráfico. ¿Qué buscamos?: poesía. Y aquí está el dilema: inmersos en un ámbito cultural donde el poeta, lo poético, la poesía y el poetizar tienen una caracterización determinada, y por lo tanto normativa, lo que proponemos, no estando identificados con los parámetros de la estética imperante es -desde el punto de vista de nuestro contexto histórico inmediato- una nueva manera de entender la poesía.
Con Tráfico salimos del esencialismo y, como hemos dicho, nos reconocemos en la historia: menos mal que nadie puede calificar de "esencial" el tráfico; pasajeros, somos poetas de transición, como toda poesía es de transición, sólo que algunos siguen aspirando a esa especie de galardón que significa conquistar, con la palabra esencial, la salida de la historia, el supuesto hallazgo de la eternidad. Pasajeros transitorios, diurnos, poetas: nuestra propuesta nace de una necesidad poética -política- histórica, la necesidad que atraviesa nuestra Venezuela de hoy, confundida entre el marasmo y el derroche, entre el lujo fastuoso y las carencias apremiantes de la capa marginal. El silencio y el juego textualista no pueden ser una respuesta crítica a nuestro medio, en última instancia constituyen posturas que, si no de manera consciente, al menos en forma disfrazadamente ideológica, le hacen el juego a nuestra democracia petrolera.
La poesía que propugnamos servirá, en cambio, de percusión para enseñarle a la "Armonía" la inclemencia de la súplica en los botiquines del centro. Se trata de fundirle la caja en el Gran Prix de Caricuao, hacer estallar los radiadores de las letras a 250 Km. p/h. Reclamarle al cinetismo textual la burguesía óptica con la que pretende erigirse "críticamente" sobre una ciudad que se divierte, desde las mesas de Sabana Grande, con la ingeniosa geometría de los cultos. Nuestra calle no se complace en estos juegos de la noche ni tampoco en el silencio.
Los trapecistas de la imaginación suspiran por mantenerse en la "realidad" descrita por la ruta de sus acrobacias, en la medida en que se olvidan de la portentosa capa de la historia bajo la cual se desplazan. En el circo el mago es rey: basta un esotérico gesto para que proliferen los pañuelos (los duendes, la súbita aparición de los espíritus).
Pero, magos: ¿hasta cuando el engaño? Frente a ustedes surge nuestra mirada realista (no es un realismo inocente, de ojo adánico, de "inocencia objetual" y cosas por el estilo). Una mirada para la cual el poema traduce los olores más intensos de la calle. Un realismo, sí, pero realismo crítico. No queremos desobjetivar nuestras palabras, desdibujar nuestro paisaje, nuestra circunstancia histórica concreta, por cansados aquelarres. Además, ya lo sabemos todos: cuando se han ido los espectadores, cuando la carpa se hace alta, no hay hechizo: el elefante es elefante, los conejos son conejos, el trapecista es español, el mago vuelve al camerino. Los circos cierran a las 6.
Si hemos hablado de una nueva manera de entender la poesía, nos referimos también a otro tipo de poeta. Para nosotros ser poetas representa salir, en éxodo consciente, del monólogo dentro del cual quiere encerrarse buena parte de nuestros compañeros de generación. Creemos que en poesía no es la rotación de los signos en el texto lo que constituye la clave estética del poema, sino la forma en la que accede al oído de los otros la voz de una experiencia humana. Estamos hartos de combinatorias infinitas de palabras que se frotan para arrancarse chispas que no pasan de ser un fuego fatuo (sí, infatuado en su aspiración de hacernos creer que es el Fuego). Repetimos: contra el signo, el craso signo icónico del texto, optamos por la voz, por la interlocución que pone a circular el poema en el circuito de un diálogo concreto, no con un lector sin rostro, sino con los hombres y mujeres que en la fábrica y el rancho, la escuela y el cuartel, la universidad o la oficina, han perdido la costumbre (costumbre secular que extravió el rumbo) de escucharse a sí mismos en el vértice unánime de la voz del poeta. Este último siempre fue, antes de que la modernidad nos dejara hablando solos, el intérprete de vivencias colectivas, aquel cuya palabra congregaba los ecos de la ciudad y los caminos. En América Lartina, sobre todo, ¿qué escandalosa "profesionalización" del oficio poético quiere separarnos ahora de la más entrañable tradición moral de nuestra letras: la que concibe la palabra como quería Martí, echándose a la suerte de compartir su canto con los oprimidos de la tierra?
A una poesía que se ufana en la "gloriosa inutilidad", en la "casta ineficacia" que demasiados hombres confunden con la naturaleza misma del espíritu, deseamos oponer también, sin miedo al barro impuro del cual sale toda la epopeya espiritual de los hombres, la exigencia de una poesía que sirva, repleta de una contundente eficacia, la misma que ostentan un vaso, un arma o un automóvil, porque el arte empieza allí donde los hombres necesitan responder desde la plenitud de su conciencia a las exigencias de la situación particular, y no después, allí donde la cotidianidad dicen que termina y nace el reino abstracto -mármol y alabastro- de una trascendencia "noble" dentro de la cual sólo cabe una "gratuidad" que ya no acompaña a nadie en la tarea diaria de vivir, que ya no formaliza las experiencias del hombre común, que ya no constituye sino un vasto silencio donde bostezan el vacío o la "oquedad metafísica". Nos empeñamos, así, en promover una poesía necesaria, que nuestros interlocutores perciban como palabra de uso y compartida, palabra para la cual toda trascendencia anémica, dispéptica, se disuelve ante el poder de convocación que sube, por ejemplo, de las rocolas de los bares, palabra que tiene mucho que aprender de la imponencia con la que la línea exactísima de un hit congrega el gozo del stadium, haciendo levantar un eco humano que, en el fondo de los fondos, se parece al llanto o a la risa que todavía allá, en pleno siglo XII, podían recoger de su auditorio los versos de Berceo.
Por eso mismo, frente a la lírica de la subjetividad absoluta, y en este sentido cada vez más abstracta, lírica que tanto le debe a la racionalidad burguesa de Occidente, lírica cerebral de un eterno laboratorio de palabras en las que la situacionalidad y la carnalidad afectiva son mero vidrio de probeta -irreconocibles ya para sí mismas-, levantamos la causa de una poética que se atreva a explorar a fondo, sin batas ni guantes de químico incontaminado, pero también sin flux y sin corbata, la sentimentalidad que exhibimos frente al mundo nosotros, los bastardos latinoamericanos, los salvajes periféricos de Occidente: nuestra sentimentalidad de telenovela y de ranchera, nuestro viejo bolero emocional, nuestro tango impenitente, el patetismo que nos brota en procesión de Viernes Santo o en reyerta de taberna, la cursilería que se entreteje con la red social de nuestra manera específica de vivir el afecto. De este modo, asumimos el horror que siente la poesía tradicional frente a nuestro sentimentalismo híbrido, mestizo de puro guaguancó o quena indígena, con la ironía desdeñosa que nos inspira toda la discreción burguesa, quirúrgicamente fría para sentir relaciones viscerales con el mundo pero implacablemente "racional" a la hora de expoliar lo que no siente.
Contra la mampostería intelectualista que sostiene el mito del poeta solitario, tan caro a una modernidad que no sabemos por qué debe ostentar para nosotros el carácter de un paradigma único, insurgimos con nuestra apuesta por una poesía solidaria, repleta de humanidad latinoamericanísima, gozosa o doliente, una poesía que no teme subirse al último sector del cerro donde termina el barrio y no llega jamás la policía, así tenga que pagar peaje al pie de la escalera, como corresponde; una poesía que no se asustará ante la tarea de embadurnarse de salsa y de cerveza en al afinque; una poesía que buscará a los hombres de San Fernando o El Callao donde estén y como estén, sin exigirles que se presenten a la cita del poema con el traje "primitivo", "telurista", o ya neciamente "mágico" con el cual los disfrazaron las poéticas que sólo se veían a sí mismas cuando pretendieron mirar de frente a aquellos hombres; una poesía que intentando recuperar, como después de un largo entumecimiento gestual, los hábitos del habla y los ademanes concretos de las muchedumbres que nos rodean, opta por los grandes espacios donde todo narcisismo verbalista se revela pigmeo de la inteligencia y de la sensibilidad y del lenguaje: los espacios por los que la poesía puede oxigenarse de disonancias y de miseria irreductible, de sociología y de política, de economía y de historiografía, de giro de lengua oral y de estribillo musical, de estadística y argot de suburbio. Poesía, entonces, situada en el centro hirviente de la vida social y no en los desiertos ontológicos donde proliferan "breviarios de la podredumbre" (ah, el Cioran que hoy tanto acaricia el masoquismo de la pequeña burguesía intelectual) y ojerosas "culturas del desengaño" para las cuales la esperanza es un compañero cadavérico, muerto de bruces en una calle cualquiera a finales de los sesenta.
Nosotros creemos que la vieja consigna de Vallejo se mantiene: si el cadáver, ay, sigue hoy muriendo ante nuestros ojos impotentes, sólo será la masa compacta de los expoliados lo que lo resucite desde el único lugar donde es posible concebir el vértigo radical de las transformaciones: desde abajo, desde la base. Cuando Lázaro se levante otra vez de su sepulcro para movilizar, como hace dos décadas, las aspiraciones populares del país, nosotros sabremos que la poesía, la poesía concreta y no la virtuosista de los textos, estará gobernando la insurgencia. Mientras tanto, en esta hora incolora, a menudo nauseabunda, de la democracia petrolera, sólo nos queda sincerar al máximo la relación del poeta con Venezuela. Y es que sucede que, en épocas inmediatamente anteriores (allí tenemos a la generación de 1958, por ejemplo), el trabajo poético en nuestro país actuó sobre el fondo de un distinguido camuflaje. Poetas que en sus actitudes públicas mostraban un franco compromiso ético con la exigencia del cambio social, eligieron, sin embargo, para la voz de sus poemas las modulaciones más esencialistas de la lírica de la modernidad: la lírica que, nacida en parte como respuesta esteticista al mundo comercializado y banal de la burguesía, trabajaba no obstante secretamente a su favor, porque hablaba desde su marco gnoseológico profundo y con sus categorías. Se dio así el caso de que una peligrosa confusión, una trampa ideologizante vino a ocultar las verdaderas cartas con las que el poeta apostaba su palabra en el juego social de la cultura: Mallarmé fingió darle la mano a Marx, la opción rimbaudiana de "cambiar la vida" se olvidó de la matriz elitesca de la que había salido (y dentro de la cual aún pernoctaba su nostalgia de transformación) y pretendió que su causa poética podía conjugarse, sin más, con los paradigmas sociales y políticos de aquella marea de obreros, desempleados, liceístas, universitarios medios, marginales, que se enfrentaba a la represión gubernamental en las calles y avenidas. El lenguaje de esa élite poética había pagado demasiado tributo al idioma de una modernidad por esencia aristocratizante: la pequeña burguesía intelectual radicalizada que entonces quiere contribuir a la toma del poder por las masas no se sincera como tal ante esas mismas masas en el desamparo del poema. Disfraza su equivocidad, la artificialidad de su intento de integrar el arte y la vida sobre la base de la trampa modernizante, universalista y elitesca, con la magnificencia de su barco ebrio que zarpa al viaje sin regreso de la alquimia del verbo y la magnetización recíproca de todas las vocales, al final del cual, ya lo sabemos, espera la Abisinia donde el poeta convertido en comerciante hace el saldo de su asimilación definitiva al universo burgués. Nosotros no queremos, pese a la aparente magnitud que representa formular esta herejía, el destino de Rimbaud: no queremos que nuestra intervención en la Comuna -la cual, a pesar de todas las derrotas, nos sigue convocando- sea una simple escaramuza pequeño burguesa que termine en viaje de negrero, en escepticismo contante y sonante, en ebriedad que ya no ostenta el arma de los anticonvencionalismos sino que deviene ocasión de confraternidad con el Poder. Queremos para nosotros, para la vocación poética en Venezuela, un resultado diferente; por eso, elegimos sincerar desde ahora mismo la voz de nuestros poemas y decimos que, no pudiendo asumir como nuestro -porque sonaría a eterna impostación en nuestro textos- el timbre vocal de un proletariado, de un campesinado, de una población marginal de los que nos separó la sociedad clasista a través de familia, colegios y universidades, queremos y debemos hablar en nuestra obra como lo que efectivamente somos: hijos de una clase media cuyos paradigmas vivimos mitad como cómplices y mitad como renegados.
Venimos de la noche y hacia la calle vamos

Tráfico: Un balance



Tráfico: un balance | Miguel Márquez | Ensayo


I.

El conjunto de poetas que nos agrupamos bajo el nombre de Tráfico fue el producto de diversos factores, entre los cuales vale destacar, por ahora, los sólidos lazos de amistad entre los integrantes, y la común participación en un proceso literario que comienza en los talleres del Celarg, pasa por el taller Calicanto y concluye en una Estética grupal que tuvo como rostro más visible el manifiesto que publicáramos el año 81.
El marasmo acrítico que parecía consustancial a los poetas que comenzamos a publicar a mediados de los 70, sin tomar en cuenta elementos más generales, estaba determinado, a mi juicio, por algo no menos poderoso: el deslumbramiento ante la poesía de los creadores del 60. Cadenas, Crespo, Silva Estrada, entre otros, eran leídos por nosotros con una morosidad que fundamentaba, ante todo, el reconocimiento explícito al alto nivel de su escritura. Continuar por la senda abierta por ellos, además, parecía ser lo más natural para acceder al fenómeno poético. Veíamos e interpretábamos el mundo con sus ojos; valorábamos la poesía a partir de unas premisas incuestionadas, puesto que estaban más allá (¿o más acá?) de nuestro alcance. En este sentido, nuestro acercamiento a la poesía seguía los pasos del rito iniciático, y quizás por eso en los talleres (en los buenos) existía cierto carácter religioso de la escritura. Esta relación me parece importante subrayarla, ya que el gusto nuestro por esa poesía, nos revelaba algo: esos signos, vistos ahora, de alguna manera nos interpretaban, decían algo con lo cual nos identificábamos. Esa escritura le daba voz a una modernidad de la que nosotros también éramos parte, y plantearnos el salir de su órbita, como lo hicimos, de una forma abrupta, radical, no sólo nos situaba frente a un quimérico arranque a partir de cero sino que nos abría las puertas a un problema mayor: volver atrás, a un tiempo donde la palabra no había sufrido aún los embates de la crítica, a las ingenuas creencias del realismo. Esto no lo tuvimos en cuenta a la hora de escribir el manifiesto. Nos interesaba afirmarnos, expresar lo que sentíamos como exigencia del momento: el lugar de la historia en nuestros textos. Pero me estoy adelantando demasiado, regresemos.
Como telón de fondo de esa lenta toma de conciencia que nos llevó a la conformación del grupo, estaban: la crítica literaria de cuño marxista, con su interés por una lectura que no se detuviera exclusivamente en el estudio de la arquitectura verbal de los poemas (función predominante del taller) y se aproximara a una lectura más amplia, que prestara oídos al nivel ideológico de los textos; la experiencia nicaragüense de Armando Rojas Guardia, donde se confronta con el exteriorismo de Ernesto Cardenal y, a través de éste, con la poesía norteamericana; la polémica sobre las generaciones que tuvo lugar en las páginas del “Papel Literario” de El Nacional; las voces aisladas que surgían de pronto para alertar sobre los peligros de una literatura afincada en lo formal, cercana al silencio y al vacío; por último, el cansancio ante una poesía, la nuestra, que presentíamos por la vía del agotamiento, repitiendo sin más los cánones de los sesenta.
Poco a poco fuimos llegando, por un lado, a una conclusión elemental: éramos una generación distinta y, por otro, a una constatación inquietante, por decir lo menos: no teníamos rostro. Y los rasgos de nuestro carácter comenzaron a modelarse con la incorporación a nuestro discurso de categorías heréticas para la poética dominante, tales como: la historia, la cotidianidad, lo urbano, lo conversacional; así como en la lectura de autores latinoamericanos que no circulaban en los ambientes literarios; como también con el distanciamiento de la poesía francesa y la cercanía a la poesía española y norteamericana.

II.
¿Fue la idea de Igor, de Armando, de Yolanda? Poco importa, estaba en el ambiente y prendió rápido. Pronto nos encontramos en nuestra sede (el nombre de la fuente de soda habla por sí mismo: “El León”) y de allí al manifiesto no hubo más que un paso, pero un paso meditado. El título (“Sí, manifiesto”) habla de ese intervalo en el cual calibramos la conveniencia de aparecer en público con un discurso (el manifestante) que en el contexto de los talleres, de la entrega total a la artesanía del texto, del individualismo creador, del gusto formalista, del escepticismo, iba a resultar anacrónico y disonante. Esto nos entusiasmó, no sólo por su carácter irritante sino por algo más decisivo: ese discurso (a pesar de emparentarnos –en la forma de aparición– con el grupo de escritores del cual queríamos tomar distancia; y a pesar también de vislumbrar los riesgos que todo manifiesto entraña, en especial: sus límites programáticos), ante todo, y era lo que afanosamente buscábamos, nos daba cohesión, plataforma común, en una palabra: cuerpo.
El tono del manifiesto era enfático. Nuestro proyecto: acercarnos a esa calle que quedaba como material de desperdicios en esa “abolición de la historia” llevada a cabo por la línea más influyente de los poetas del 60. Material residual, exiguo, en medio de la noche gerbasiana. Nuestra fuerza mayor: la negación: del textualismo, del trascendentalismo, del poeta chamán, del poeta solitario, del ahistoricismo, del hermetismo. Y nos opusimos a éstos: rescatando la figura del escritor comprometido con los problemas de su tiempo; proponiendo una poesía que, con el deseo de reencontrar los hilos perdidos de la cotidianidad, llamara a las cosas por su nombre; insistiendo sobre lo necesario de una poesía de la comunicación. Su debilidad: la certeza aparente que surgía de ese planteo de oposiciones; puesto que el proyecto concreto, en cuanto a la práctica poética se refiere, era un norte sinuoso apenas alumbrado por lo que llamáramos, a falta de otro término, “realismo crítico” y cuya metáfora más afortunada fue “la calle”. Al manifiesto podemos tomarlo como el punto de partida del grupo, pero de ahí hasta su disolución se desarrolló un proceso reflexivo, de autoconciencia, que nos colocó, después de la etapa idílica inicial, frente a la complejidad del fenómeno que habíamos puesto en marcha. Dicha complejidad, es cierto, se llevaba mal con la claridad de nuestro inicio. En el manifiesto había demasiadas respuestas para darle una habitación a la duda, y en este sentido su carácter normativo era dogmático. El problema surgía al constatar cómo algunos se iban alejando “peligrosamente” del proyecto (que si bien no especificaba la forma y el contenido preciso de lo que debería ser nuestra escritura, sí establecía parámetros claros en relación a lo que no debería ser) u otros comenzaban a sentirse constreñidos por el espíritu y la letra del mismo. La poesía refutaba la teoría y si en algún momento coqueteamos con la figura del censor, bien pronto adoptamos el camino inverso al de Procusto: dejar que la experiencia organizara el mundo a su manera, y si las extremidades de nuestro cuerpo no cabían en el lecho, la respuesta era sencilla y angustiosa: teníamos que inventarnos otra cama. Si no se toma en cuenta dicho proceso –que bien se puede encontrar, como casi todo lo nuestro en la prensa–, la experiencia de Tráfico se amputa y reduce a un momento (el inicial) que no me parece el de mayor valor y significación. Ya que sólo registrando dicha evolución es posible comprender nuestros esfuerzos por no caer en el realismo chato, y es lo que me parece más importante (por la magnitud del reto y su vigencia), el legado de la modernidad, nuestra herencia irrenunciable, con el reclamo de ese presente insatisfecho, para dar lugar a una poesía que refleje nuestra circunstancia histórica, nuestro universo cotidiano. No regresar a las ingenuas creencias del realismo, pero tampoco instalarnos en la matriz esencialista del idealismo. Buscar la historia, el país perdido, pero no para verlo ni recrearlo con el soneteo. Esta tensión es la que no se encuentra en el manifiesto y es la ausencia que, con razón, ha dado mayor pie a los equívocos.
Sin embargo, el diagnóstico era correcto: la mayoría de los creadores de la poesía dominante de aquella generación o de la nuestra, estaban envueltos con el manto de Apolo. Protegidos de la ciudad hostil y viendo, quizás para su suerte, pájaros luminosos de otros cafetales, misterios extrañísimos, imantaciones sublimes de palabras, el país les pasaba a su lado como una presencia fantasmagórica. Pero no hace falta acudir a la caricatura para afirmar, con Joaquín Marta Sosa, que el mérito de Tráfico y Guaire consistió y consiste en ampliar los registros, en democratizar el discurso poético, en abrirle otros horizontes de posibilidades al decir, al mirar. Desnaturalizamos una óptica, desmontamos una axiología y al ubicarla en el momento histórico en el cual surgió (donde la meta fundamental era modernizar el discurso) tomamos la distancia necesaria para comprender nuestra propia situación. Pues algo parece claro: nuestra circunstancia es bien distinta. La Venezuela que hemos vivido los de mi generación es otra y su característica es el predominio de lo urbano. Del pasado agrario (de ese tiempo que la generación que nos precede guarda frescos recuerdos y que se expresa de forma magnífica y dramática en País portátil) no conservamos más que el anecdotario sabroso y aburrido de nuestros padres. Y esta situación es la que fundamenta, a mi manera de ver, las exigencias de la época: ver este mundo, interpretarlo, organizarlo. Un mundo contradictorio, que guarda en sus costumbres valoraciones e ideales que pertenecieron a nuestros abuelos, que aún no se moderniza plenamente y lleva consigo tiempos históricos diversos. Este mundo, levantado por las torres del petróleo y a punto de derrumbarse por las mismas, es el que reclama nuestra mirada, el que exige de nosotros respuestas diferentes. Es por esto que Tráfico y Guaire, en la medida que simbolizaron –incluso con sus nombres– una mirada contemporánea, una mirada cuyo interés explícito es el presente, sigue manteniendo su vigencia, más allá de habernos disuelto y más allá también de que podamos darle forma a esa exigencia.

III.

Ya entrados en el terreno de la especulación, me pregunto si hubiéramos logrado esa misma repercusión que tuvimos en el ambiente intelectual de nuestro país de no haber escrito el manifiesto. La respuesta me parece obvia: jamás. A Venezuela no le importan los poemas, los textos no son noticia. Con ese manifiesto dijimos “aquí estamos” y llamó la atención, “movió el suelo”, por la sencilla razón de que atacaba directamente no a la “poética dominante” o cuestiones por el estilo sino a los poetas del 60 y aquí, eso sí, en este país amante del boxeo (yo incluido, por supuesto) cazar una pelea es un “tubazo” periodístico. A esto se debió nuestro “éxito”. Mas la aparición del grupo Guaire, así como de otros grupos menos conocidos y también de la existencia de poetas aislados que tienen a lo urbano, lo cotidiano, lo conversacional, etc., como puntos de referencia de su quehacer poético, confirma que lo planteado por nosotros no era un puro boom orquestado por los diarios. Más aún: allí están los libros que han sido producto de ese horizonte de posibilidades que antes señalaba. ¿Acaso son poesía de la experiencia, conversacional, exteriorista, del yo, de circunstancia? Quién sabe, ya lo dirán los críticos. Pero lo cierto es que son otra cosa y esto, al menos, ya es algo, ¿no creen?


http://www.jornaldepoesia.jor.br/BHAH06marquez.htm

Entrevista a Armando Rojas Guardia




Armando Rojas Guardia:
“Escribo para intensificar mi experiencia vital, la conciencia que yo tengo de la vida”.


Nos encontramos con Armando Rojas Guardia a las diez de la mañana, en un café situado en la planta baja del Centro Plaza de Altamira, en Caracas. La cita la concertó Luis Alejandro Rodríguez, un documentalista independiente con más de treinta cortometrajes en su haber; a artistas plásticos, músicos y poetas venezolanos. De Armando recuerdo perfectamente su resplandeciente cabellera, su luminosamente blanquecino pelo. Lo primero que me sorprendió de él fue su voz, su poderosa voz. Profunda, lenta y solemnemente modulada. Armando Rojas Guardia reflexiona antes de hablar. Piensa lo que dice. Dice lo que piensa. Es un poeta del pensamiento. Considerado como uno de los poeta y ensayistas más importantes del país, Armando Rojas Guardia es un monumento a la vida. En otras palabras, es un monumento a la sensibilidad, esencialidad y espiritualidad del hombre. Entre sus obras más importantes destacan : Del mismo amor ardiendo (1979); Yo supe de la vieja herid a (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (Monte Ávila Editores, 1993); y La nada vigilante (1994). El principio de la incertidumbre (1996), Crónica de la memoria (1999) y El esplendor y la espera ( 2000). En 1981, fundó, con un grupo de amigos, el grupo Tráfico. Franklin Fernández.

F.F. -¿Cómo se le describiría usted a sus lectores? ¿Quién es Armando Rojas Guardia?

A.R.G. – Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en alguna caracterización posible de mi persona o de mi personalidad literaria, diría que soy un creyente. No hay en mí, pasión mayor. Ni estética, ni filosófica, ni sensual, ni práctica, que la de ser cristiano. Intento que mi obra literaria refleje esa condición. Tanto en mi poesía como en mis ensayos, existe ese reflejo. Por otra parte, considero que mi opción por la fe cristiana no es convencional ni es una elección fácil o facilitona. Yo tengo profundas diferencias con respecto a las posturas y opiniones de la institucionalidad católica. De modo que, siento un desapego crítico con respecto a muchos aspectos de esa institucionalidad. De todas formas como poeta no me reduzco sólo a ser un poeta que quiere ser cristiano, como ensayista tampoco. No reduzco toda la complejidad de mi vocación literaria al simple componente cristiano-católico, pero creo que ese componente es fundamental.

F.F. –Se dice que su vocación de poeta comienza con la religión ¿Fue su vocación poética lo que lo llevó a la religión o la religión lo que lo llevó a la poesía?

A.R.G. –Yo creo que ninguna de las dos cosas. Son dos cosas que, en mi caso, son más bien paralelas. Mi familia no era una familia que se hubiera caracterizado por ser religiosa. Mi papá era un buscador de Dios a su manera, creo que la tradición liberal republicana, estaba mucho en él. De modo que también era anticlerical. Un anticlerical militante. Mi mamá era cristiana, católica, pero tenía una idea religiosa muy simple, muy elemental. Yo creo que era más bien católica por ósmosis cultural. De modo que mi religiosidad se la debo fundamentalmente al colegio San Ignacio de Loyola. A los siete años ingreso al colegio San Ignacio, paso toda mi infancia y buena parte de mi adolescencia en el colegio, y los Jesuitas modelaron de manera definitiva, mi religiosidad. La vocación literaria, en mí, es muy temprana, muy precoz. Yo lo cuento en un documental que me realizó Luis Alejandro Rodríguez ¹ . Yo relato que, a los cuatro años, una tía mía me preguntó en el jardín de su casa: –Armando, ¿cuando seas grande vas a ser poeta?- Y yo le respondí –No, no lo voy a ser, ya lo soy-. Tenía cuatro años de edad. Creo que la figura paradigmática de mi padre como poeta, jugó un papel fundamental en esa precocidad de mi vocación poética y literaria. Ahora, más adelante, cuando yo ya me asumo como un poeta, es que esa vocación literaria y poética se imbrica con el componente religioso. Pero son dos cosas paralelas, no se debe lo uno a lo otro.

F.F. –También se dice que quién escribe un poema está buscando a Dios ¿Usted busca a Dios en sus poemas?

A.R.G. –Bueno, ahora recuerdo el epígrafe de la película de Luis Alejandro, un texto de Hanni Ossott, cuando dice que el escribir un poema, para ella, es una suerte de invocación, casi una oración ² . Creo que todos los poetas tenemos esa misma experiencia. Creo que escribir poesía es una suerte de modalidad de una mística que podemos llamar profana. Es decir, hay varios tipos de mística. La mística vinculada a la religión de la naturaleza, la mística vinculada a las religiones de la interioridad, la mística vinculada a las religiones proféticas, históricas o abrahanicas, y la mística que podemos llamar mística profana, no vinculada a ninguna institucionalidad religiosa. Y la poesía es una variante de estos últimos tipos de mística. Creo que todos los poetas en algún momento percibimos que forma parte de nuestra experiencia vivenciada a la hora de escribir un poema, que nos acercamos a través de esa escritura poética, al misterio, a lo trascendente, a un orden de realidad distinto al que accedemos en la vida cotidiana. De modo que yo sí creo que como poeta, he tenido la experiencia de que la escritura lírica, la escritura poética, me lleva a tocar, a bordear ese ámbito de lo sagrado que trasciende la vida cotidiana.

F.F.-En ese ámbito sagrado al que se refiere, ¿el éxtasis juega un papel fundamental?

A.R.G. –Yo no he tenido en mi vida ningún éxtasis, salvo en el momento estático de la cópula erótica. Yo no diría que he tenido experiencia estática a pesar de qué me considero un ser humano orante, es decir; la oración es una de la experiencias fundamentales de mi vida y la oración ha sido milenariamente el espacio privilegiado donde ocurre la experiencia mística. Pero yo no he tenido acceso a altas costas de experiencia mística, simplemente me limito a ser un orante.

F.F. –En ese sentido, ¿un poema suyo puede ser una oración? ¿El poema es una oración?

A.R.G. – Yo creo que sí. Yo creo que sí porque un poema puede acercarlo a uno al ámbito de lo sagrado. Y muchos poetas, incluso no creyentes, ateos militantes, pueden, creo, testimoniar con su vida, que escribiendo poesía, se acercan al ámbito luminoso de lo sagrado.

F.F. –“Dios no es asunto, no es tema, sino pasión donde arder ”, es una frase suya. Su poesía siempre acude a Dios, a un Dios compasivo, sensible y misericordioso ¿Por qué?

A.R.G. – Porque ese es el Dios cristiano. Y la definición clásica del Dios cristiano, está en la primera carta de Juan, incluida en el Nuevo Testamento: “Dios es ágape”, “Dios es amor”. No hay mejor definición de la naturaleza de Dios para el cristianismo, que esa. Por eso, el Dios al que yo me aproximo tiene esa característica fundamental, el ser compasivo. La experiencia religiosa cristiana tiene un matiz diferente a la experiencia religiosa en otros tipos de institucionalidades religiosas. Para el cristianismo, a Dios, a la trascendencia no se accede por la vía del templo, es decir; no es una relación vertical de la tierra al cielo pasando por el templo, sino que la religiosidad cristiana pone el énfasis en la relación ética con el otro, con el prójimo. De modo que es en el seno de esa relación horizontal con el prójimo donde ocurre la experiencia de Dios. Y eso se debe, en que la naturaleza misma de Dios, es amorosa. De modo que la compasión es la manifestación divina por excelencia.

F.F. –Para Cioran, Dios significa la última etapa de un camino, punto extremo de la soledad y de la nada. “Dios es, incluso si no es”, afirma. Para usted, ¿quién es Dios? ¿Cuál es la importancia que le concede usted a Dios en sus poemas?

A.R.G. –Bueno, ya lo he ido diciendo a lo largo de la entrevista. Dios es fundamentalmente el trascendente. Aquel que está… Dios es el corazón, el eje del ámbito de lo sagrado. El ámbito de lo sagrado; en ese ámbito, Dios es el orden de realidad que trasciende nuestra vida ordinaria, es la órbita de la satisfacción de nuestras necesidades inmediatas. Porque Dios es el corazón y el eje del ámbito de lo sagrado. El ámbito de lo sagrado no está situado en un trasmundo, es el último extracto de realidad de este mundo. Ernesto Cardenal, en “Coplas a la muerte de Merton”, tiene unos versos que a mí me han impresionado mucho siempre: “Morir no es salir del mundo, es hundirse en el”. En ese sentido, Dios como eje y corazón del ámbito de lo sagrado, envuelve y penetra toda la realidad del mundo. Es también la realidad ontológicamente suprema. Es el valor y el bien absoluto. Es la santidad, también absoluto. Y es el que posibilita esa misma vía ordinaria, trascendiéndola.

F.F.-Además de Dios, como eje esencial y fundamental de su poesía, ¿Qué otro tema es importante para usted? ¿De qué nos hablan sus poemas? ¿A cuál experiencia nos remiten?

A.R.G. –Bueno, mi poesía habla de muchas cosas. Yo te decía al principio que no reduzco mi experiencia literaria y poética, solo al componente religioso. Cualquiera que se acerque a mi poesía, va a notar que yo abordo muchos temas. Está el elemento erótico, está el elemento cotidiano, está el elemento histórico, está la contemplación de la naturaleza, está en algún momento la ciudad; como escenario y como protagonista de la poesía, está también mi propia cercanía autobiográfica con la locura, de modo que mi poesía abarca un espectro muy amplio de temas.

F.F. –Calles, plazas, hoteles clandestinos… ¿Qué lugares visita en sus poemas, a qué lugares vuelve? A.R.G. –Bueno, yo diría que en mi poesía hay dos tipos de lugares fundamentales. Los íntimos, es decir; aquellos enmarcados en los que podemos llamar la casa, mi casa, mi hogar y, por otra parte, aquellos enmarcados en el ámbito que podemos llamar la calle. La calle fue una de las consignas poéticas del grupo Tráfico³ : “Venimos de la noche y hacia la calle vamos”. Nosotros en Tráfico nos dimos cuenta que la poesía que se hacía en Venezuela, hasta comienzos de la década de los ochenta, salvo contadas excepciones; no abordaban suficientemente la temática urbana. Y, precisamente, porque no abordaban la temática urbana, soslayaba también esa poesía, la cotidianidad y la historia. De modo que es la impronta de Tráfico la que me llevó a explorar la calle como espacio de mi poesía. Creo que relativamente me he mantenido fiel a esa perspectiva de Tráfico , de modo que yo dividiría los enfoques temáticos de mi poesía, en esos dos grandes ámbitos: el espacio íntimo, el de mi casa; el poema que se hace en el escritorio de mi estudio bajo la luz de la lámpara en completa intimidad y el espacio urbano donde me muevo durante el día. Esos son como los dos grandes espacios que yo abordo en mi poesía.

F.F. –¿De dónde surge el nombre de Tráfico? ¿Quién los bautizó así?

A.R.G. –Yo no recuerdo con precisión, pero creo que fue Igor Barreto a quien se le ocurrió ese nombre. Tráfico quería aludir al tema urbano: el tráfico de las colas, el tráfico cotidiano en Caracas, nos parecía que ese era un nombre que combinaba lo urbano con lo cotidiano.

F.F.- De Tráfico, específicamente, ¿que recuerdos más importantes atesora Armando Rojas Guardia?

A.R.G. - Bueno, Tráfico fue importante en mi vida porque primero, lo que recuerdo es, la radical experiencia de fraternidad con esas cinco personas. Yo siempre digo que, a los integrantes del grupo Tráfico , lo único que nos faltó fue convivir en un mismo espacio, porque nos veíamos continuamente. Hubo épocas en que nos veíamos casi todos los días. De modo que fue una bellísima experiencia de hermandad, de comunión espiritual. Una comunión espiritual que se ha mantenido hasta hoy. En segundo lugar, recuerdo muy vividamente, nuestras discusiones. Nosotros nos reuníamos los jueves a mediodía, en la cervecería El León de la castellana. Era nuestra reunión oficial durante la semana. Lo que pasa es que nos veíamos muchas veces más, pero la reunión canónica, la reunión oficial, era los jueves al mediodía en El León . Y eran discusiones muy ricas, muy preñadas de ideas. Eran discusiones estéticas y filosóficas de alto calibre. Eso si lo recuerdo con mucho placer. Y en tercer lugar creo que, es indudable para mí, que a partir de Tráfico se da una impronta en la poesía venezolana que no se puede negar. Es decir; lo urbano, lo histórico, lo cotidiano, empezaron desde Tráfico a ser tratados incluso, masivamente, por los poetas venezolanos. Y empezó, además, una lectura y una relectura, en algunos casos, de la poesía norteamericana, cosa que no sucedía desde Tráfico porque la poesía venezolana gravitaba en la órbita de la poesía francesa y de cierta poesía italiana. Se soslayaba un orbe poético importantísimo como es la poesía norteamericana contemporánea. Es a partir de Tráfico cuando se empieza a estudiar la poesía de Eliot, Ezra Pound , de William Carlos William, de Robert Lowell, en fin…

F.F.- Cuando escribe, ¿cómo hace usted para identificarse con los sentimientos íntimos de otra persona que ni siquiera conoce?

A.R.G. –Los imagino. La imaginación es una herramienta muy poderosa. Sirve incluso para eso, para identificarse con los sentimientos de la persona que uno imagina. La poesía es el reino de la imaginación simbólica, de la imaginación, porque toda imaginación es simbólica. Entonces, una manera de acercarse a los sentimientos de una persona desconocida, es imaginando.

F.F. – Para usted, es muy importante la palabra, ¿cierto?

A.R.G. – ¡Absolutamente, absolutamente! En el año noventa yo sufrí una crisis psicótica que, probablemente, -eso no está claro para mí, ni para los médicos-, esa crisis afectó quizás, áreas del cerebro que tienen que ver con el lenguaje. El hecho es que yo quedé literalmente mudo. Es decir; me costaba hivanar una simple conversación cotidiana con un amigo o con una amiga. Y, por supuesto, que yo pensé que no iba a volver a escribir más nunca. Fue una crisis enmudecedora. Para una persona que toda la vida ha considerado que la palabra es el centro palpitante de la vida psíquica de uno, el no poder hablar y el no poder escribir, significó, una desgarradura. Yo tarde unos diez años en recuperar la palabra. Eso se lo debo a la dinámica misma de la vida, a la dinámica curadora, sanadora de la vida, se lo debo también a mi propio esfuerzo autoterapéutico. Yo escribí durante la década de los noventa en plena crisis de la mudez, tres libros, uno de ellos La nada vigilante , que es un libro de poesía. Algunos dicen que es mi mejor libro de poesías. Yo me propuse a escribir ese libro de poesía, para devolverme la relación orgánica con la palabra que yo creía haber perdido. Creo que si en este momento ya me curé de aquella mudez, eso se debe a esas dos cosas: a la dinámica misma curadora de la vida y a mi esfuerzo autoterapéutico por devolverme esa relación orgánica con la palabra.

F.F.- Otra cita suya: “¿Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?” ¿Qué relación tiene usted hoy consigo mismo?

A.R.G. –Bueno esa cita se refiere, es la primera frase de El Dios de la intemperie, se refiere a la relación con Dios. Porque el testimonio unánime de los místicos cristianos, es que en el centro de la interioridad humana, está Dios mismo. O sea, que Dios es como el último estrato del mundo interior humano. Entonces, cada vez que tomamos contacto con nuestro mundo interior, de una manera radical, nos contactamos con Dios. Bueno, yo creo que hoy tengo un contacto conmigo mismo muy fértil, vamos a decir así, muy fecundo. Desde hace unos años yo disfruto de un bienestar psíquico que no tenía antes. Ese bienestar psíquico tiene cuatro pilares. El primero, una medicación adecuadísima, yo tengo un déficit eléctrico a nivel neuronal que la medicación corrige. Ese déficit eléctrico a nivel neuronal es como la infraestructura bioquímica de los episodios psicóticos que yo he padecido en mi vida y afortunadamente se ha descubierto la medicación que corrige ese déficit. En segundo lugar, el otro pilar, es la experiencia terapéutica con Jean-Marc Tauszyk, que es mi terapeuta actual. El tercer pilar es mi casa de habitación actual, es un espacio para mí sagrado y donde respiro a mis anchas. Y el cuarto pilar, es el tipo de trabajo cotidiano que realizo, que aunque no es muy rentable económicamente, pues, me permite hacer aquello a lo que vocacionalmente me siento llamado hacer. Bueno, esos son los cuatro pilares de mi actual bienestar psíquico.

F.F. -¿Qué hace usted cuando no está escribiendo?

A.R.G.- Bueno, muchas cosas. Pienso, contemplo, me dedico a mis quehaceres cotidianos, cocino, paseo, estudio, leo mucho, muchísimo. Desde la adolescencia he sido un lector voraz, leo vorazmente…

F.F. -¿Usted escribe para sentirse vivo, para dar vida a sus recuerdos?

A.R.G.- Yo creo que sí. La escritura literaria es un método, hasta cierto punto, de la intensificación de la vida. Cualquier escritor, mejor dicho; cualquier artista puede testimoniar que el arte intensifica la vida, porque implica un impulso de la conciencia y de la libertad frente a la realidad. De modo que yo creo que sí, que yo escribo para intensificar mi experiencia vital, la conciencia que yo tengo de la vida.

NOTAS: 1. El documental al que se refiere Armando Rojas Guardia es: “El esplendor y la espera”. Realizado bajo la dirección de Luis Alejandro Rodríguez en el año 2005, en Caracas, con una duración de 34:00 minutos. Actualmente, Luis Alejandro Rodríguez es un productor independiente. Ha realizado más de treinta documentales a artistas plásticos, músicos y poetas venezolanos.

2. El epígrafe completo, del poema de Hanni Ossott, es el siguiente: Dios / me quedo todo el tiempo posible / ante un poema / para que salga bien. / Es como una oración / una invocación.

3. Tráfico se consolidó como grupo entre los años 1980-1981. “Surge, con un polémico y acentuado interés confrontativo… las discusiones que este grupo de poetas logran desencadenar a propósito de una nueva manera de entender la poesía y el papel ético que debería jugar la misma en el interior de lo que ellos consideraban un ‘nuevo' espacio intelectual venezolano”. Juan Carlos Santaella (Diez manifiestos literarios venezolanos, La casa de Bello, Caracas, 1986). El grupo estuvo integrado por Yolanda Pantin, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata, Miguel Márquez, Alberto Márquez y Armando Rojas Guardia .

http://www.arteliteral.com/arteliteral_29/entrevista/entrevistaRG.htm

miércoles, julio 06, 2011

Billete de la primera república venezolana


Billete de un peso de la primera república venezolana, Ley del 27 de agosto de 1811, año 1° de la Independencia, su emisión es de fecha 07 de febrero de 1812

martes, julio 05, 2011

Un buen libro para releer en el Bicentenario de América Latina


Manual del perfecto idiota latinoamericano es un ensayo y bestseller de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicado en 1996. En esta obra los autores analizan de una forma un tanto satírica la historia de América Latina y el modo de pensar de las élites políticas e intelectuales latinoamericanas.[2] El mismo año se publicó una edición para el público de España con el título Manual del perfecto idiota latinoamericano... y español que incluye un capítulo adicional y un prólogo diferente.[3]
El "Manual" señala cómo parte importante de los sectores políticos e intelectuales están anclados en una mentalidad tercermundista, nacionalista cuando no socialista, que los lleva a un constante victimismo "patriótico" que presenta al mundo occidental y al capitalismo como el principal culpable de los males de los países pobres, y que estos estadistas e intelectuales (los "idiotas" según el libro) al ubicarse en una posición de influencia social abonan el terreno para el populismo y el estancamiento en el subdesarrollo de los países latinoamericanos.[4] El "idiota" - según plantean los autores - no ve que el problema latinoamericano es la propia estructura vampirizante del Estado, y cree poder alcanzar el bienestar repitiendo siempre el mismo proceso que acaba irremediablemente empobreciendo la sociedad: acrecentando el Estado y entregándole el poder a un caudillo. Como ejemplos emblemáticos de esta mentalidad el libro señala el peronismo de Argentina y el castrismo en Cuba.[4]
El libro, que consta de 13 capítulos, está prologado por el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, y además es presentado por sus tres autores como la antítesis al libro Las venas abiertas de América Latina publicado en 1971 por Eduardo Galeano, un icono de la izquierda latinoamericana. Los autores del Manual del perfecto idiota latinoamericano llaman a redireccionar el rumbo de América Latina por la vía del liberalismo tanto en el plano civil como en el plano económico.
Mendoza, Montaner y Vargas Llosa hijo publicaron en 2007 una continuación del libro titulada El regreso del idiota.


NOTAS
  1. Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano. Detalles del libro en Amazon.com
  2. El perfecto idiota latinoamericano. Tribuna: Pedro Schwartz. El País, España. Esta reseña de 1996 indica la fecha de publicación, la existencia de una edición para Latinoamérica y otra para España, que el libro usa el humor para llegar al público y que el destinatario de la sátira es "el idiota ideológico, el señorito socialista, el social-demócrata demodé, el anti-yanqui visceral, el excomunista impenitente".
  3. Sobre el idiota español. Redacción de La Vanguardia
  4. a b Manual del perfecto idiota. Reseña de Francisco Moreno en Libertad Digital, España. Este resumen de 2007 profundiza en cómo el libro realiza una radiografía de la idiosincracia victimista-nacionalista-estatizante del "idiota" y sus fobias a la libertad de acción individual y a la globalización.

Libro disponible para lectura en Google Docs


El pensamiento constituyente del 5 de julio de 1811

El pensamiento constituyente del 5 de julio de 1811
JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ | EL UNIVERSAL

martes 5 de julio de 2011 12:38 PM

La Sociedad Patriótica llamada por Bolívar: "centro de luces y de todos los intereses revolucionarios", reclamaba con impaciencia a los diputados del Congreso Constituyente de 1811 una resolución definitiva a favor de la Independencia. Muñoz Tebar expresaba que: "Termina un año perdido en sueños... que principie ya el año primero de la independencia y de la libertad"; por su parte Coto Paúl manifestaba que se debía reanimar: "el mar muerto del Congreso".

La demora se justificaba en virtud de trascendentes definiciones políticas: el resultado de la guerra en la Península contra Napoleón; las posturas de Inglaterra entonces aliada de España con respecto a la independencia del mundo americano; el aspirado reconocimiento de Venezuela por parte de Estados Unidos; la inexistencia de un ejército y de armas republicanas; el no pronunciamiento a favor de la causa patriota por parte de Maracaibo, Coro y Guayana, entre otras.

Se necesitaba convencer y explanar las argumentaciones que justificasen la causa de Venezuela y el rompimiento con España. Fernando Peñalver apreciaba que se había producido entonces: "la disolución de los pactos entre el Pueblo Español y el Monarca", como consecuencia de la renuncia de Fernando VII y en virtud de ello, nada ya ataba a América. De la misma manera Miranda sostenía que: "los pueblos de América debieron haber entrado en posesión de los derechos" y además que:
"Nada tiene que ver el desorden de España con la necesidad de nuestra reforma".
Juan Antonio Rodríguez Domínguez, presidente del Congreso, el 3 de julio, indicó que ya era: "el momento de tratar sobre la Independencia absoluta". José Luis Cabrera, representante de Guanarito, expresó que de hecho ya éramos libres, lo que fue respaldado por Mariano de la Cova, diputado por Cumaná, quien, sin embargo, recomendó la necesidad de divulgar nuestras razones y solicitar el reconocimiento diplomático de Inglaterra y de Estados Unidos a nuestro país.

Igualmente, Martín Tovar Ponte afirmó que cuantas veces el asunto había sido considerado la resolución por la independencia era general, precisando que se había comisionado a uno de los diputados para elaborar: "el proyecto de una Constitución democrática", señalamiento extraordinario que evidencia el sentido que desde entonces debía alcanzar nuestra vida política y la actuación futura de nuestros gobernantes.

Al mismo tiempo, Francisco Hernández, diputado por San Carlos, advirtió los efectos de la ignorancia de quienes pensaban: "que los reyes vienen de Dios", pero destacó la necesidad de desvanecer esa creencia señalando que:
"Ilústrese a los pueblos en sus derechos".
José María Ramírez, en representación de Aragua de Barcelona, invitó a dar el significativo paso, y José Angel Álamo, por Barquisimeto, aportó el valioso concepto de que constituidos como representantes de los pueblos estaban autorizados: "para todo lo favorable a nuestros constituyentes" y que:
"Nada puede serlo tanto como la Independencia".
Miranda, en nombre de El Pao, exigió con ardor la declaración inmediata, a lo que negativamente respondió el presbítero Juan Vicente Maya, por La Grita, excitando las protestas de los constituyentes y de las barras, entre ellas los miembros de la Sociedad Patriótica, dirigidos por Bolívar, Vicente Salias y otros. Las respuestas de Miranda, de Roscio y demás diputados que rechazaron la postura de Maya fue, sin embargo, el reconocimiento del derecho a la libertad parlamentaria, ejemplo admirable de virtud republicana, lección afirmativa para nuestra historia.

Ante la propuesta de que se resolviese previamente la formación o no de una Confederación, Francisco Javier Yanes, a nombre de Araure, intervino de manera destacada expresando que aquella determinación: "debe preceder a la declaratoria de Independencia... cuando son éstas (la libertad, la soberanía y la independencia) las primeras cualidades de que deben estar adornadas las partes..." e igualmente que ningún tratado con algún otro país: "jamás puede obstar a nuestra deliberación". Celebraron sus afortunadas expresiones Francisco Policarpo Ortiz, representante por Barcelona y José Gabriel de Alcalá, por Cumaná.

Juan Germán Roscio, diputado por Calabozo, manifestó su aprobación pero evidenció sus dudas por la no presencia de las otras tres provincias venezolanas que entonces estaban en manos de los realistas. Yanes y Miranda desvanecieron tales inquietudes.

El día 4, Juan José Maya por San Felipe, pidió un diferimiento de las discusiones sobre la Independencia, a lo cual le respondió Cabrera que: "empezada ya la controversia, no debe interrumpirse".

La Sociedad Patriótica presentó al Congreso un memorial elaborado por Miguel Peña en el que razonó acerca de la aviesa política de España, el avance de nuestra causa, la influencia de Caracas y del 19 de abril, el respaldo del pueblo a la independencia resaltando que:
"Ocho mil habitantes que la desean... es la sanción más sagrada y solemne...".
En esa circunstancia, el soberano Congreso solicitó la opinión del Poder Ejecutivo el cual prontamente se pronunció a favor de la inmediata independencia.

Amaneció el 5 de julio. En la sesión, Juan Bermúdez, por Cumaná, y Felipe Fermín Paúl, por San Sebastián, se interrogaron acerca de si las provincias y el estado de ilustración y civilidad de la gente sería el apropiado para la independencia y, al mismo tiempo, Antonio Nicolás Briceño propuso una votación secreta. El presbítero Maya volvió a exponer su oposición a la declaratoria. En respuesta a todo ello, Fernando Peñalver reconoció con precursor sentido institucional y democrático que: "debe respetarse la pluralidad del Congreso", pero creyó: "fútiles los peligros que se nos presentan... Siempre habrá inconvenientes, y es bien sabido que para ser libre un pueblo, basta que quiera serlo". Por su parte, el presbítero José Vicente Unda realizó una decisiva intervención afirmando que:
"no estoy imbuido en los privilegios y antiguallas que se quieren oponer contra la justicia de nuestra resolución..., Guanare, a quien represento, no se tenga por obstáculo para la Independencia".
El apoyo fue decidido por parte de Manuel Palacio a nombre de Mijagual, al igual que por Roscio, quien solo observó aspectos relacionados con la población del país, asuntos que Miranda y Cabrera descartaron al demostrar la independencia adquirida por Estados con menores habitantes o con mayores territorios.
Rodríguez Domínguez entonces anunció que la Nueva Granada reconocería a Venezuela, y tanto Bermúdez como Castro, antes reticentes, se mostraron decididos.

Juan Rodríguez del Toro, por Valencia, puso de manifiesto la unanimidad de sentimientos y advirtió que a la independencia:
"nadie la confundirá con la licencia y el libertinaje, porque si las monarquías se sostienen y apoyan en los vicios y la corrupción..., las republicas fundan su existencia en las virtudes de los ciudadanos".
Finalmente, varios diputados aclararon al congresista Méndez el alcance del juramento de fidelidad al Rey y cómo por encima del mismo, existía la determinación ya irreversible de defender los derechos de la patria.

La libertad infundió su espíritu y se multiplicó en la voz de todos los presentes, la independencia fue el dictado sublime de la patria.

La pléyade del ilustre Congreso de 1811 -civiles en buena parte-, nos dio a la República, la forjó entre los ideales, la erigió soberana, independiente y libre, la concibió democrática e interpretó con rectitud el clamor de la historia. La primigenia representación del pueblo lealmente ejercida para lo que fuere mejor a su destino, nos ofreció el ejemplo primero de virtudes políticas y de libertad parlamentaria, el primer gesto de respeto y de altivez humana: debatió todas las opiniones, manifestó con lucimiento su autonomía como cuerpo social, y se antepuso sobre los riesgos y las vacilaciones de siglos de costumbres y de dominación, impetrando la sabiduría de los tiempos para dar ese paso final que elevó a Venezuela y que señalaba premonitoriamente a la Confederación Americana.

Y desde ese lejano día de creación republicana la conciencia de la patria nos señala su repulsa a todo despotismo, a toda tiranía, a cualquier sujeción que desconozca su honor y su virtud. Aspiraron un país reconocido y respetado por los hombres de otras latitudes, donde sus ciudadanos fuesen civilizados y ejemplares, libres e iguales. Venezuela grande, Venezuela ilustre, Venezuela digna, tal y como la advirtió ese 4 de julio, en los albores mismos de la declaratoria singular el patriota Miguel Peña, quien nos aleccionaba:
"Venezuela detesta los déspotas... Seamos independientes... elevemos la patria al rango que ella exige...".

Biógrafo del Mariscal Sucre
diaz.bermudez@cantv.net

La imagen de Google

La imagen de Google por el Bicentenario

lunes, julio 04, 2011

200 años después El milagro venezolano por Andres Oppenheimer

El Milagro Venezolano por Andres Oppenheimer

http://www.elpais.com/articulo/internacional/milagro/venezolano/elpepiint/20110704elpepiint_4/Tes

Publicado en: El PAÍS por ANDRÉS OPPENHEIMER 04/07/2011         

El arte de Pedro León Zapata



ZAPATAZOS 5 DE JULIO DE 2011

Pensamiento Político de la Emancipación Venezolana

Pensamiento Político de la Emancipación Venezolana (REIMPRESION)
Compilación, prólogo y cronología: Pedro Grases. Bibliografía: Horacio Jorge Becco
Materias: Historia de Latinoamérica s. XIX, Pensamiento político s. XIX, Emancipación latinoamericana
Páginas: XXIX + 434
País: Venezuela
N° 133 de la Biblioteca Ayacucho

Desde un principio, la Independencia de Venezuela, la peculiaridad del proceso mediante el cual este país rompió sus vínculos políticos con España, llamó la atención de otros pueblos y, en varios casos, le sirvió de ejemplo y modelo. Posteriormente, el tema ha seguido despertando la curiosidad de los historiadores y suscitando sus investigaciones: sin antecedentes que permitiesen suponerlo, esta porción de América, encabezada por la ciudad de Caracas, da al mundo hispánico una generación de personalidades de primer orden, cuyo conjunto es expresión de madurez evolutiva en los aspectos sociales e intelectuales. Y no es para menos cuando tal proceso tuvo como protagonistas a hombres que marcaron el destino americano: Bolívar, Miranda, Bello, Sucre, Simón Rodríguez, así como actores menos divulgados entre los que se encuentran Juan Germán Roscio o Miguel José Sanz. Los textos presentados en esta antología fueron producidos entre los años 1776 y 1830 y, así, el título aquí presentado aumenta el conjunto de las obras que Biblioteca Ayacucho ha dedicado a la época de la independencia entendida como proceso continental.

Bájate el libro en formato PDF

http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&no_cache=1&download=CL133.pdf&catalogUid=135&filetype=ayaDigit

Facsímil del texto manuscrito original del Acta Solemne de Independencia existente en el Congreso de la República escaneado en fecha de 1990 y Audio del texto del Acta de Independencia





Escuche el texto del Acta de Independencia del 5 de julio de 1811

Del Cacao al petróleo, un país dependiente

Economía 04 Jul 2011 | 08:50 am - Por Andrés Rojas Jiménez

Del cacao al petróleo, un país dependiente

Desde la declaración de la Independencia, la renta domina la economía. A partir de 1920 los hidrocarburos se convirtieron en el rubro dominante Más: Personajes que hicieron historia I y II Especial multimedia: 200 años de Historia



Arturo Uslar Pietri, en Cuéntame a Venezuela,narra cómo en los años anteriores a la declaración de la Independencia "se creó un divorcio entre la idea de riqueza y la noción de trabajo". Los altos ingresos que obtenían los propietarios de las tierras ­primordialmente por el cacao­ se debían al privilegio que significaba recibir una herencia y por el alza en los precios del rubro agrícola, "sin que eso significara ningún esfuerzo de la persona para producir, acrecentar o mantener esa riqueza".

El comentario quedaría circunscrito sólo a la época de los llamados "grandes cacaos" si no fuera porque Uslar Pietri acotó que ese hecho va a marcar la mentalidad económica tradicional del venezolano. El intelectual advirtió que en el ciudadano actual es fácil encontrar huellas de esa herencia.

En su afirmación está presente la idea de la palabra "renta" como los ingresos que cobra un propietario por los recursos naturales que están en una tierra, sin que haya mayor actividad productiva o de transformación. Si bien este término se asocia al petróleo, también está vinculado al café y al cacao, aunque con menor impacto.

En 1830, el café desplazó al cacao como principal rubro de exportación y, durante buena parte del siglo XIX, la cotización del aromático grano afrontó alzas y bajas, que en cada caso se tradujeron en momentos de bonanza o recesión. "La baja en los precios del café hizo perder el crédito internacional del país, ocasionó la paralización de las aduanas y una drástica reducción en las ventas que llevó a la quiebra a muchos comerciantes", señala el economista Rafael Cartay.

Es así como el café no cumplió la centuria de dominio y, apenas comenzó la segunda década del siglo XX, el petróleo pasó a liderar la actividad económica. Si bien los hidrocarburos ya se asumían como el principal producto energético global, también en ese momento ocurrió un descalabro en la actividad agrícola. "Los precios mundiales del café y el cacao se redujeron, y el valor de las exportaciones agrícolas venezolanas disminuyó 47% en 1920 y 1921, con respecto a los dos años anteriores. Pero ya el petróleo estaba surgiendo como alternativa de crecimiento y permitió menguar los efectos", agrega Cartay.

A partir de entonces, el uso de los recursos extraordinarios provenientes del sector de hidrocarburos entró en la discusión política del país y su principal referencia fue el editorial "Sembrar el petróleo" de Uslar Pietri. "Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia", señala el escritor en el texto que difundió en julio de 1936 con motivo de la celebración de los 125 años del 5 de Julio de 1811.

La actividad petrolera propició la industrialización del país, cambios en la estructura del comercio y la migración de población de zonas rurales a grandes ciudades. "El punto a partir del cual comienza a evidenciarse el acelerado proceso de desarrollo venezolano lo podríamos ubicar en 1940", indica el economista José Toro Hardy. "Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el petróleo venezolano se transforma en un elemento estratégico de primer orden para las naciones aliadas", agrega.


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